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Imaginemos por un momento que usted es el único agente de la ley en un pequeño pueblo. Sucede que usted atrapa a un criminal y lo coloca en la cárcel de la ciudad. En un juicio el juez lo condena a purgar varios años en prisión y le da a usted la orden de llevar al reo a la penitenciarÃa central. Puesto que usted es el único agente en el pueblo, ahora usted es el responsable de velar por la comida, la recreación, higiene y seguridad del convicto. Usted no puede salir a pasear y distraerse pues periódicamente debe revisar la celda para ver que todo está bien. Si quiere salir debe esposar al criminal y llevarlo consigo donde sea que vaya. Esto es precisamente lo que sucede cuando nos negamos a perdonar. Hemos sido vÃctimas de alguna maldad, pero asumimos personalmente la responsabilidad de hacer justicia y a cualquier lugar donde vamos, estamos emocionalmente atados a esa persona. En ese proceso perdimos la libertad, y ahora somos esclavos en alguna manera de nuestro agresor. Es por eso que muchas personas pierden la vida por el odio y la falta de perdón. ¿Cuál es la solución? La solución consiste en tomar al convicto y llevarlo a la penitenciarÃa central y dejar que un sistema de justicia más grande que usted mismo se haga cargo del cumplimiento de la condena. Y esto es precisamente el perdón, renunciar al derecho que tenemos de vengarnos nosotros mismos, y dejar lugar a la ira de Dios. Eso es exactamente lo que nos dice Romanos 12:19 "Queridos hermanos, no tomen venganza ustedes mismos, sino dejen que Dios sea quien castigue; porque la Escritura dice: "A mà me corresponde hacer justicia; yo pagaré, dice el Señor." DHH.  |








